1/8/09

Texto

Apoyado contra aquella valla esperando que abriera el metro comprendió que las copas no curan la nostalgia. Al final los recuerdos encuentran un resquicio para arrugarte el alma. La plaza de Tirso estaba llena de cadáveres esperando a resucitar. El olor a orina, los panfletos de gente que compra oro, y los briks de vino se acumulaban en el suelo.

Con las manos en los bolsillos intentaba protegerse del frío del fin de la madrugada, mientras se maldecía por haberse tomado las últimas tres copas. Apenas podía articular palabras. Movía la cabeza con la flexibilidad de un pollo al que le han roto el cuello.

Los ruidos de los cierres de los quioscos advertían que la estación de metro abriría de un momento a otro.

Sus amigos se habían ido escabullendo a lo largo de la noche. Al final acabó con una copa de un falso ron añejo a precio de saldo mirando obsesivamente a las últimas supervivientes del local. La última esperanza tenía el pelo moreno y camiseta a rayas. Un par de besos. Trataba de acordarse del nombre mientras se abrían las puertas de un largo trayecto a casa. En vano, desistió de acordarse. Quizás empezase por eme.

Bajó las escaleras sujetándose a la barandilla. En cada paso se hundía como un bloque de hormigón en el océano hasta que su pie hallaba el siguiente peldaño. Superó con un asombroso automatismo el proceso de sacar el billete del abono, introducirlo en la estrecha ranura, sortear el torno, recoger al billete y volver a depositarlo correctamente en su abono. Se sentía como un muerto viviente arrastrando los pies, dirigido por una única neurona que le marcaba el camino de regreso a casa.

Al llegar al andén contempló que le quedaban catorce minutos aún hasta que llegase el metro. Se apoyó contra la pared y se dejó caer resbalando con poca suavidad hasta el suelo. Aquel repentino movimiento llamó la atención de un miembro de seguridad que adornaba su porra con una banderita de España.

Se miró los brazos y su color no le pareció muy diferente al de las paredes amarillas del andén. Se pregunto si había adquirido la habilidad de mimetizarse o si simplemente estaba enfermo.
El guardia de seguridad se acercó hasta él y se le quedó mirando. Intrigado por la persona que se había colocado justo en frente de él alzo la mirada y trató de reconocerle. No le conocía.

-- Así no se puede estar.

Se quedó en silenció unos instantes, tratando de conectar adecuadamente las letras que se le acumulaban en su pastosa lengua.

-- ¿Me oyes? Te he dicho que así no se puede estar.

Guiñaba los ojos tratando así de despejarse un poco y enfocar tanto la vista como las palabras que llegaban a sus oídos.

-- ¡Que te levantes cojones!

Se levantó haciendo un movimiento inverso al anterior. Haciendo fuerza con la espalda contra la pared consiguió recuperar la verticalidad. El guardia se marchó con una sonrisa sádica en la boca.
Al llegar el metro se sentó en el sitio más alejado de todos los demás pasajeros y cerró los ojos. Calculó las siguientes paradas para asegurarse que se podía dejar vencer por el cansancio. Tirso de Molina – Sol - Gran Vía - Tribunal acudieron a su memoria con la cadencia propia de la canción y luego tuvo que esforzarse un poco más para recordar que seguía Bilbao, Iglesia, Ríos Rosas y por fin Cuatro Caminos.

Esa voz. Se despertó dudando si había escuchado su voz. Miró a los lados tratando de cerciorarse si solo había sido producto de su estado o de un sueño. No la vio, así que volvió a cerrar los ojos.
Esa risa. Volvió a recuperar la consciencia sobresaltado. Esta vez miró más detenidamente a la gente que ocupaba su vagón. La vio. Se había cortado el pelo. No estaba sola. Su corazón y su cabeza se alternaban en sus funciones. Sístole – Puta – Diástole – Puta – Sístole – Puta – Diástole – Puta. No le había visto. Estaba muy ocupada seduciendo al chico que estaba con ella. Esa risa de nuevo. Jodida puta.

El tren se encontraba parado en Iglesia. El amarillo del andén le hizo mirarse de nuevo los brazos. Tenía que estar enfermo.

Al llegar a Cuatro Caminos se quedó sentado. Clavaba los ojos con tanta fuerza en la pareja que los pasajeros que se percataron de su rabia alternaban la mirada como en un maldito partido de tenis.

La pareja se bajó en la siguiente parada, Alvarado. Iban de la mano. Reían. Se besaban. Se abrazaban. Se tocaban. Parecían tan felices.

Se tapó la cabeza con las manos con desesperación cuando toda esa información fue procesada por su sistema emocional.

Salió detrás de ellos. Al llegar a su altura cogió a la chica del cuello con el brazo derecho y haciendo fuerza con su pierna izquierda logró estamparle la cabeza contra la pared del andén. El resto del cuerpo cayó al suelo sin oponer ninguna resistencia. La cabeza se le ensangrentó en unas décimas. Unos pequeños espasmos hacían que sus pechos se movieran como si estuviera haciendo el amor con la muerte.

Apoyó la espalda contra el andén y se dejó caer de nuevo hasta el suelo. El chico empezó a gritarle algo y a golpearle en la cara. Golpeaba duro, con rabia. Sus ojos daban miedo. Debía estar loco. Empezó a sangrar. Notó como se le reventaban los labios y perdía uno de los dos palatales. El chico cesó y se acercó al cuerpo de ella pidiendo que alguien consiguiera ayuda. Gritaba mucho. Era molesto.

Sus sangres se habían encontrado en el suelo formando un reguero que se precipitaba gota a gota a la vía. Era bonito.

Se miró preocupado una vez más los brazos, estaban completamente amarillos, apenas se podían diferenciar de las paredes del andén.

1 comentario:

C.Keing dijo...

Buenísimo relato. Me gusta mucho como escribes y describes, hace que estes en el lugar de la escena, que sientas como deben sentirse los personajes. Te felicito. Lo he leído en el blog "Mis fotos de Madrid". Hace poco me propuso poner también allí un relato mío, pero éste verídico, sobre el supuesto fantasma de Atocha.
Bueno, lo dicho, que me ha encantado el relato.
Un saludo.